"Poema Lírico"
En la penumbra del claustro austero,
donde el eco se disfraza de plegaria,
y la piedra rezuma historias calladas,
caminan figuras de solemnidad prefabricada,
envueltas en la seda rugosa de la virtud aparente,
rostros marmóreos, de pálida y fútil calma,
como si fueran guardianes de un cielo impasible,
ángeles de alas quebradas, caídos en su propia alabanza.
Con manos juntas, entrelazadas en símbolo de pureza,
llevan en su piel el frío de una piedad impoluta,
pero bajo esas palmas santificadas, el hierro arde,
quemando lo que alguna vez fue humano en ellos.
El oro de la devoción, un falso lustre,
es solo barniz sobre corazones endurecidos,
piedras negras que laten bajo el peso del manto,
donde cada latido es un susurro de sombras.
Sus miradas, pesadas y absortas en secretos,
navegan entre rezos huecos y cánticos gastados,
donde la bondad no germina, donde la verdad
se ahoga en las aguas de la hipocresía bien pulida.
Oh, constructores de altares vacíos,
señores de la beneficencia forjada,
quienes confunden la compasión con poderío,
y visten la filantropía como armadura dorada,
cuando en su interior yace la herrumbre del ego,
del orgullo que corroe desde dentro, lentamente.
Tras la fachada de santidad inmaculada,
tras los velos que ocultan lo que no quieren ver,
se esconde el deseo de dominar almas perdidas,
de erigir un trono en los corazones crédulos.
¿Quién entre vosotros no ha mordido la manzana
del egoísmo voraz, de la soberbia sigilosa?
Detrás de esos mantos sacros, tras la máscara de piedad,
el juicio se cierne como una sombra inevitable,
y cuando el Altísimo despliegue su balanza,
cuando el ojo de la eternidad se fije en vuestras almas,
seréis vistos no como héroes de gloria impoluta,
sino como almas tan negras como el ladrón
que, en su humildad, jamás ocultó su crimen.
En su negación de la fecundidad sagrada,
reniegan del mandamiento primordial,
un legado ancestral que brotó en el jardín,
mientras la creación clama por su esencia,
donde el amor y la vida danzan en un abrazo divino.
Y así, con sus cuerpos impasibles,
condenan a su ser a la soledad del desierto,
repudiando la semilla que podría florecer
en la luminosidad de un alma en plenitud,
como si temieran el eco de su propia humanidad,
el sublime acto de dar vida,
relegando su destino a la penumbra del olvido.
Vuestro trono de alabastro y marfil
se desmorona, hecho polvo y cenizas,
la gloria que ansiabais se desvanece como humo,
y las coronas de virtud que buscasteis
se vuelven coronas de espinas, de vergüenza oculta.
Porque más vil es el que disfraza su vicio
bajo la seda engañosa de la virtud fingida,
que aquel que, con manos desnudas y corazón expuesto,
lleva sus faltas a la luz de la verdad implacable.
Escritor: José Ramón Castro
Seudónimo: Man Apart
Nacionalidad: Dominicano
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