"Cuento Gótico"
En un pequeño hogar enclavado en un rincón olvidado de un pueblo sombrío, donde la niebla se desliza como un susurro entre los árboles marchitos, se alzaba una casa antigua, hecha de piedra gris, que parecía murmurar secretos de tiempos pasados. Su fachada, cubierta de hiedra verde oscuro, tenía una textura rugosa y viva, mientras que los techos de tejas desgastadas, algunas rotas y desiguales, se curvaban como la espalda de un anciano cansado. Las ventanas, con sus cristales empañados y cortinas amarillentas, se asemejaban a ojos cerrados que aguardaban el regreso de un sol que nunca brillaba con fuerza.
La familia que habitaba esa casa era un reflejo de la melancolía del lugar, compuesta por cuatro miembros: Miralys, la madre, de rostro pálido y delicados rasgos, cuyos ojos castaños parecían ocultar mares de tristeza; Felipe, el padre, un hombre robusto con hombros anchos, de cabello oscuro y barba descuidada, que hablaba con una voz grave que resonaba como el eco de un tambor; Poley, su hijo pequeño, un niño de cabello rizado, siempre desordenado y lleno de energía, cuyo rostro brillaba con la inocencia y la curiosidad de la niñez; y Noir, el gato, un felino astuto de pelaje negro azabache que se movía con la elegancia de un espectro, con ojos verdes que destilaban una mezcla de astucia y misterio.
El día comenzaba en el hogar con un suave murmullo. Miralys, con su cabello castaño recogido en un moño deshecho que dejaba escapar algunos mechones rebeldes, se movía por la cocina, donde el aire estaba impregnado del aroma a té caliente. La cocina era pequeña, con estanterías de madera oscura llenas de frascos polvorientos y utensilios de hierro. La luz que entraba a raudales por una ventana sucia iluminaba las motas de polvo que danzaban en el aire, creando un efecto casi mágico. Con manos delicadas, Miralys servía el té en tazas de porcelana, cada una con un borde dorado, aunque desgastado, que hablaba de un tiempo más elegante y vibrante.
Mientras tanto, en la sala, Poley se arrastraba por el suelo de madera, sus manos pequeñas acariciando la superficie áspera. Cada crujido de las tablas resonaba en la habitación como si la casa misma respirara, mientras sus risas infantiles se entrelazaban con el silencio del hogar. Noir, atraído por los movimientos del niño, merodeaba como un cazador; sus ojos verdes brillaban con curiosidad. En un instante, el gato avistó un ratón que se deslizaba furtivo entre las sombras, sus pequeños ojos brillando con destellos de miedo y desesperación.
El crujido sutil de las patas de Noir rompió la serenidad del hogar. Con un salto audaz, el gato se lanzó hacia el ratón, que corría despavorido hacia la mesa del comedor, buscando refugio. En su frenética carrera, Noir saltó sobre la mesa, y en un trágico giro del destino, su pata golpeó un delicado vaso de vidrio que había estado reposando al borde de la mesa, un regalo de bodas que Miralys había heredado de su madre. El vaso, un objeto que había sido testigo de tantas conversaciones y risas, cayó al suelo con un sonido desgarrador que resonó como un grito de angustia, su quiebre fragmentándose en una lluvia de cristal que brilló un instante antes de desaparecer.
El estruendo despertó a Miralys de su ensueño, llevándose las manos al pecho, su corazón latiendo desbocado ante el terror que sentía. En un instante, su cuerpo se paralizó, y, presa del pánico, se desplomó al suelo. Su vestido de lino gris, que solía ondear con gracia, se extendió a su alrededor como un pétalo marchito, absorbiendo la energía de la habitación. El eco del vaso roto reverberaba, mientras los restos de cristal brillaban en el suelo, esparcidos como estrellas caídas.
Poley, cuyo rostro había estado iluminado por risas momentos antes, ahora estaba cubierto de lágrimas. Su llanto, agudo y desesperado, resonó en la casa como un eco de los ruidos caóticos que lo rodeaban. Cada sollozo parecía atravesar el aire denso, como si intentara desgarrar la tela del silencio que había envuelto al hogar. Noir, que había olvidado su presa, se encaramó en una repisa alta, observando la escena con ojos grandes y redondos, como si el caos le pareciera un espectáculo ajeno.
En ese momento, Felipe, que estaba en el patio disfrutando de un breve respiro bajo el cielo gris, escuchó el estruendo del cristal rompiéndose. Su corazón dio un vuelco, y en un instante corrió hacia la casa, atravesando la puerta de madera desgastada que chirrió al abrirse, un eco de advertencia que se unió al tumulto que resonaba en el interior. Sin embargo, su prisa le jugó una mala pasada; tropezó con el cuerpo de Miralys, desmayada en el suelo, y cayó pesadamente, su cuerpo robusto chocando contra el suelo de madera con un golpe sordo.
Los ruidos dentro del hogar eran un verdadero torbellino. Poley seguía llorando, el sonido de su llanto era un canto desesperado que llenaba la habitación. El reloj en la pared, un antiguo objeto de madera tallada que había pertenecido a generaciones de la familia, continuaba marcando los segundos con un tictac monótono, como un recordatorio del tiempo que se deslizaba entre los dedos de la familia, mientras la vida continuaba su curso, ajena al caos interno.
Los vecinos, quienes vivían a una distancia considerable, sumidos en su propia rutina, no se percataron de nada. La niebla que rodeaba el pueblo era como un manto que envolvía los ecos del hogar de Miralys y Felipe, haciendo que sus gritos y llantos se perdieran en el viento, como un murmullo apagado en la bruma.
Finalmente, después de un momento que pareció eterno, Miralys despertó, sus ojos entrecerrados reflejando confusión y miedo. Se llevó las manos a la cabeza, aturdida por el estruendo y la desorientación. Al ver a Felipe tendido en el suelo junto a ella, su corazón se aceleró, y con un grito ahogado, lo ayudó a levantarse. Los dos se miraron, sus rostros marcados por la preocupación y el amor, comprendiendo la gravedad de la situación.
—¡Lo siento, lo siento mucho! —susurró Miralys, mientras acariciaba la cabeza de su hijo Poley, sus palabras llenas de angustia y desesperación.
—Fue un accidente —dijo Felipe, con un tono de voz grave que intentaba infundir calma—. Todo estará bien.
Con un esfuerzo conjunto, comenzaron a calmar a su hijo, quien, entre sollozos y hipidos, poco a poco fue dejando de llorar. A medida que el llanto del niño se suavizaba, los ecos de la casa también lo hacían. Los ruidos se transformaron en murmullos, el sonido del cristal roto ahora era un eco distante que apenas perturbaba la calma que comenzaba a reinar en el hogar.
El ambiente se tornó más apacible, y Felipe se arrodilló frente a Poley, envolviéndolo en sus brazos fuertes. Miralys, aún en el suelo, respiró hondo, sintiendo que el aire comenzaba a limpiar la tensión que había invadido la habitación. Noir, tras haber visto la escena desde su atalaya, se deslizó hacia el niño y, con un movimiento ágil, le frotó su pelaje contra la pierna, como ofreciendo su consuelo felino.
Finalmente, el ratón, que había permanecido escondido durante el caos, se asomó tímidamente de su refugio, y en un movimiento rápido, Noir se lanzó tras él, atrapándolo con un salto perfecto. La tranquilidad regresó al hogar, como un suave manto que envolvía a la familia, aliviando el ambiente tenso y crispado.
Miralys y Felipe se miraron, intercambiando una sonrisa de alivio y complicidad, reconociendo la fortaleza que habían encontrado el uno en el otro. Poley, con los ojos aún brillantes de emoción, comenzó a reír nuevamente, su risa pura y contagiosa llenando el aire como un canto alegre que despejaba la sombra de la desdicha. Noir, con su presa en la boca, se retiró a su rincón habitual, dejando tras de sí un aire de satisfacción y normalidad.
La familia, unida por la experiencia compartida, se acurrucó en la sala, el sonido del tictac del reloj ahora les parecía una melodía tranquilizadora. La casa, a pesar de sus sombras y ecos, había sobrevivido a otra tormenta. En el corazón de ese hogar antiguo, la vida continuaba, y con ella, la promesa de un nuevo día.
Escritor: José Ramón Castro
Seudónimo: Man Apart
Nacionalidad: Dominicano
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