Amores de Primavera (Primera Parte)
"El más bello recuerdo de mis vacaciones en Tangancícuaro"
Primera parte
Era un domingo, de esos que anuncian la llegada del verano con un viento tibio y luminoso, en el mes de abril del año 1988. El sol brillaba con una intensidad suave, como si el cielo quisiera abrazar la tierra. Un grupo de jóvenes estudiantes de diferentes países se había reunido para disfrutar de una excursión a un lugar enigmático y natural, en el corazón de México. La cita era en el mágico “Lago Camécuaro”, ubicado en el municipio de Tangancícuaro, Michoacán, a tan solo 44 minutos de Tangamandapio.
Este día sería, sin saberlo, el inicio de una historia de amor que se tejió con la suavidad de la brisa y la belleza pura de la naturaleza. Yo, uno de esos chicos reservados que prefería la soledad a la compañía ruidosa de la multitud, me encontraba allí, como un espectador más del destino, esperando que el día pasara como cualquier otro. Para mí, hacer amistades siempre fue algo innecesario, y mi apodo de "el raro de la clase" se había convertido en una etiqueta que llevaba con cierto orgullo. No era el patito feo, pero sí el "Llanero solitario", uno que prefería el silencio a las conversaciones triviales.
Mientras mis compañeros caminaban detrás del guía turístico, como un grupo homogéneo de pingüinos siguiendo un guion predeterminado, yo decidí escapar. Aprovechando un momento de descuido de mi maestra, cuando fue a saludar a un amigo mexicano, me deslicé fuera de la fila sin hacer ruido, sin que nadie me viera. El aire fresco me dio la bienvenida en el instante en que dejé atrás la caravana, y pronto me encontré solo, rodeado solo por el sonido de las aves y la tranquilidad del lugar.
Fui a buscar un rincón apartado, detrás de un árbol frondoso, frente al sereno lago que reflejaba el cielo como un espejo. Me recosté, cerrando los ojos, dejándome envolver por el aire fresco que acariciaba mi piel, y me perdí en ese momento de total paz. Sin embargo, como si el destino me estuviera empujando a salir de mi retiro, sentí una pequeña mano tocando mi hombro suavemente. Mi primer impulso fue el miedo. ¿Sería un miembro del personal que me reclamaría por haberme apartado del grupo? Pero al abrir los ojos, vi algo que detuvo mi respiración y aceleró mi corazón.
Era ella.
Una chica que, al principio, apareció ante mí como una figura difusa, pero en cuanto pude mirarla bien, quedé paralizado. Lo primero que observé fueron sus piernas, desnudas bajo unos jeans cortos y ajustados, una prenda sencilla, pero que realzaba su figura perfecta. Al alzar la mirada, mi sorpresa aumentó. Su piel era de una suavidad etérea, luminosa, como si estuviera hecha de la misma luz dorada que bañaba el paisaje. Su cintura, delicada y femenina, tomaba forma como la de una guitarra, y su blusa rosa no hacía más que acentuar la armonía de su figura, dejando al descubierto la perfección sutil de sus curvas.
Pero eso no fue lo que más me impactó. Lo que realmente me dejó sin aliento fue su rostro, tan radiante como una flor al despertar con los primeros rayos del sol. Sus ojos, de un verde profundo, reflejaban la pureza de un bosque interminable, y su mirada, llena de una compasión casi palpable, de una inocencia que aún preservaba el mundo, me envolvió en un mar de emociones que nunca antes había sentido. Mi estómago se llenó de mariposas revoloteando, y por un instante, me sentí como si el mundo entero se hubiera detenido en ese instante.
Su voz, tan suave y melodiosa, rompió el hechizo que me había envuelto. “¿Estás aburrido, igual que yo?” me preguntó, con una ternura que desarmaba cualquier resistencia que pudiera haber tenido. En ese momento, mis palabras salieron atropelladas, como un susurro incapaz de dar forma a todo lo que sentía. Solo pude responder, con un temblor en la voz: “Hola”.
Mientras ella continuaba hablando, mi mente se disolvió en el hechizo de su presencia. No recuerdo bien lo que dijo, porque en cada palabra que salía de sus labios había una dulzura que me absorbía por completo. Su risa, su mirada, su cuerpo delicado que se movía con la gracia de una danza natural, todo en ella parecía tan perfecto que me costaba creer que era real.
Me quedé allí, embelesado, observando cada pequeño detalle, cada gesto, cada movimiento de ella. Sus cabellos largos, de un tono castaño oscuro que brillaba con destellos dorados al sol, se mecían al ritmo de la brisa, como si el viento mismo jugara con ellos. Me cautivó la suavidad con la que se expresaba, la dulzura con la que pronunció las palabras que formaban una conversación que, por alguna razón, se sentía más profunda que cualquier otra que hubiera tenido en toda mi vida.
Ella no era ni extremadamente delgada ni demasiado robusta, era perfecta en su propia medida. Si yo hubiera sido diseñador de moda, habría dicho que su cuerpo era como un ideal que cualquier prenda desearía vestir, pero, como no lo era, simplemente la describí como la mujer perfecta, la que nunca imaginé que conocería, y mucho menos en un lugar como este.
Me sentí tan pequeño junto a ella, pero al mismo tiempo tan grande, como si el universo de repente tuviera sentido, y su presencia fuera la respuesta a todas mis preguntas.
Un susurro de mi alma me pidió que la invitara a sentarse. “¿Te gustaría sentarte un rato?”, murmuré, tartamudeando, como si el solo hecho de hablarle fuera un acto de valentía. Y ella, con una sonrisa que me iluminó el corazón, respondió: “Sí, me encantaría”.
El acto de acomodar un pequeño asiento con mi suéter, en ese rincón oculto de naturaleza salvaje, se convirtió en algo tan significativo como si estuviéramos creando un pequeño refugio entre nosotros. Ella se sentó junto a mí, y de inmediato, las preguntas comenzaron a fluir, como si estuviéramos buscando la llave para abrir las puertas de una nueva amistad, quizás algo más.
Su nombre era María, y el mío, José. “¿De dónde eres?” me preguntó, con esa curiosidad genuina que me hizo sentir especial. Yo le conté sobre mis raíces dominicanas y mi vida en Canadá, y ella, con su acento encantador, compartió su historia de Venezuela y su vida en España.
Nos entendimos de inmediato. Ambos éramos almas errantes, buscando algo que nos conectara más allá de las palabras. Entre risas y confidencias, descubrimos que teníamos mucho en común, más de lo que podría haber imaginado en alguien que nunca había conocido hasta ese día.
El tiempo pasó volando. La charla, que comenzó con simples preguntas y respuestas, pronto se transformó en un río de pensamientos y emociones compartidas. No nos importaba el grupo ni la excursión que habíamos dejado atrás. En ese momento, solo existíamos ella y yo, con el lago y los árboles como testigos mudos de nuestro encuentro.
Decidimos ir a desayunar juntos, y al levantarla de su asiento, tomé su mano. Fue como si todo lo que había experimentado hasta entonces cobrara un nuevo sentido. El contacto de su mano con la mía era suave, cálido, como si nuestras almas ya se conocieran. Y al sostenerla, entendí algo que no había entendido nunca antes: la soledad no es algo necesario cuando alguien especial se cruza en tu vida.
Fuimos al restaurante y luego de un desayuno que compartimos sin prisa, como si el tiempo no existiera, decidimos continuar nuestro paseo. Fuimos al puente en el lago, que había marcado en el mapa, alejados de la multitud.
En ese camino, nos tomamos de la mano como si fuéramos algo más que amigos, algo más que compañeros de excursión. Y al llegar al puente, María liberó mi mano solo para correr y mostrarme, como una niña alegre, el lugar que habíamos elegido. Yo la seguí, pero no podía dejar de admirar su figura, corriendo como una brisa ligera, tan libre, tan llena de vida.
Nos detuvimos, y ella me miró, sonriendo, con esa risa que todavía resonaba en mis oídos. "¿Bailas conmigo?", me dijo, mirando al viento que movía suavemente las hojas. No pude evitar sonreír. "Bailamos", respondí, sin dudar.
Bailamos al ritmo de la brisa, al compás del viento, y por un instante, sentí que el mundo entero había dejado de girar. Yo, el chico solitario, ya no lo era más. Ella, María, había sido mi salvación, la razón de mi abandono de la soledad. Y bajo el cielo de Tangancícuaro, con el sonido del viento como nuestra melodía, supe que este día sería solo el primero de muchos momentos compartidos.
Continuará...
Escritor: José Ramón Castro
Seudónimo: Man Apart
Nacionalidad: Dominicano
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